domingo, 8 de marzo de 2009

azúcar impalpable


Hay amores como de azúcar impalpable. Dulce en el aire e inalcanzable. Celeste era experta en estos amores, los coleccionaba en frascos de todos los colores y guardaba en su cocina. Esta azúcar deliciosa usaba para los más exquisitos postres, sin revelar jamás el secreto de tal condimento. Había una densidad en aquellos puntitos blancos sobre los diversos manjares que llamaba la atención a algún desatento invitado que pronto sentía el estómago colmado de anaranjadas mariposas que revoloteaban. Y de pronto, el invitado sin previo aviso reía a carcajadas, a veces de manera tan abrupta que saltaban sorbos de líquido de su boca en el caso de estar consumiendo alguna bebida en el momento de la avalancha de mariposas estomacales. Pero Celeste sonreía medidamente, tenía sobornados todos los ejércitos de insectos con raciones extras de canela y chocolate. Así, de tanto en tanto, podía cambiar los rumbos de los hormigueros o dirigir las orquestas de grillos según su antojo. Pero esto no la hacia feliz, era una mezcla rara de don y responsabilidad el manejo de luciérnagas, abejas y abejorros. Resultaba un pacto que a veces la hacia callada y extraña, el estar mirando de reojo los resplandores de luces donde se reunían entidades de otros reinos.
Celeste se enamoraba de nombres y ojos. Como si extirpara tres o cuatro cosas del sujeto y de ellas hiciera un culto secreto que usaba de condimento en las comidas. El azúcar empalaga a veces, entonces Celeste lloraba un poco para salar su plato. A veces iba hasta la casa de alguno de sus amores y dejaba en su puerta un frasco de caramelos y se iba. Así estaba cerca y lejos, impalpable como el azúcar de su amor, alimentando el alma del amado pero no su cuerpo, tocando en el aire las manos suyas, acariciando la misma densidad de los blancos puntitos llenos de carga emotiva, llenos de dulce expectativa que pronto se volaba en el aire y lo volvía pesado y caluroso. El sujeto receptor de tal regalo sólo percibía una parte de la compleja trama, sentía alguna pulsación al masticar los caramelos, algún espasmo repentino, pero pronto lo olvidaba y respiraba la pesadez del aire atribuyéndola a la humedad del día. El sujeto ensimismado en su propio mundo jamás sabría del complejo arte de dominar los insectos y pensaría que su diálogo inconcluso con las hormigas era producto de un insomnio cultivado a través de los años.
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9 comentarios:

la más aburrida cuando está borracha dijo...

amarula!!!!!!!!

gracias le doy al viento
por tus cuentos

en realidad es gracias a ti
pero viento y cuento riman








te quiero maruuuuuuuuuuu =)
agos,

Anónimo dijo...

Yo creo que también colecciono de ese azúcar, pero en mi caso, me crea indigestión jajaja.

Muy original como siempre tu escrito.

Cómo fueron esos exámenes?

Besines guapa.

briones dijo...

inpalpable pero saboreable...ademas ya sabes lo que dicen: se derrite en tu boca no en tu mano

jojojo

tiempo pasa y a veces ni sabes cuanto


saludos^^

Pitufaseo dijo...

quiero ser celeste!!!!

lys dijo...

Hermoso relato, y es verdad, las lágrimas salan la comida, hay veces que entre bocado y bocado se nota la sal y no es una sal normal, es amarga.

Te dejo un beso

Anónimo dijo...

copado el cuento, seguís desplegando imaginación fantástica. Abrazos y aplausos.

Albin

MaRu-ShA dijo...

yo colecciono azucar impalpable por monton... aunque a veces no puedo digerirlo por completo =/

GONZOiDE dijo...

gracias!
dale, estamos en contacto, si querés escribime a holajoe(arroba)gmail.com así te aviso sobre actualizaciones y eso.
saluditos!
gon

aguanteelamor dijo...

holaa maru !
hermoso como siempre .. muy particular!
un placer leerte.

besot!.