Ese gato tenía los dientes más grandes que cualquier
pronóstico. Un carnaval de pelos bailaba sobre su cuerpo. Tenía una manera de
tenerse a sí mismo, plantado sobre sus cuatro patas, que a veces me daba miedo
su mirada fija en la mía: una persona con todas las letras me miraba en sus
ojos y juzgaba. Incluso pensé que adivinaba mis movimientos aunque desviara sus
ojos. Por eso me quedaba exageradamente inmóvil, pero parecía como si supiese
cualquier cosa que planeara. La negrura espesa de su cuerpo adivinaba mis
pasos. No le hacía falta hablar, sabía el lenguaje milenario de la tierra, era
yo, la que de pronto, analfabeta y torpe balbuceaba unos signos en el aire.
A esa hora en que mi sombra es más grande que yo.
Exprime el jugo de tus labios. Como manteca untaba sobre los
rosarios todas las profecías de todos los tiempos. “Rezaportodohijomio”. Reza
por todos los males del mundo, los que fueron y los que serán. Reza por vos, y
reza por mi, que soy principio y fin en esta historia.
Anaranjo el octavo sol que dibujo sobre mis algas. Es un día
estupendo. Un artefacto inmerso en el mar abriga a los ancianos. Un sistema
solar de tus lunares. Navego en el tiempo en que conjugas lo que pensas y no
decis. Un futuro imperfecto de mis ganas. Camino flotando, pensando en
Venezuela y en tu barba. Ato con un hilo cosas indecibles. No tengo remedio.
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